sábado, 28 de mayo de 2016

CARTAS DESDE EL MALTRATO: Introducción


 «Es casi imposible llevar la antorcha de la verdad
 a través de una multitud
 sin chamuscarle la barba a alguien.»
GEORG C. LICHTENBER


Soy un hombre con suerte. Estoy seguro de que, si alguien me hubiera dicho en otras circunstancias que cuando encontrase a mi media naranja, esta sería una mujer que acabase de sufrir un brutal maltrato por parte de su exmarido, pensaría sin dudarlo que esa persona me estaba tomando el pelo. Más que nada porque siempre me he considerado una persona exigente a la hora de entablar una relación. Pero como este mundo no siempre es lógico, desde hace unos meses me siento afortunado de compartir mi vida con una mujer, Montse, que ha logrado sobrevivir a un infierno gracias a su gran valentía y determinación. Unos valores que sigue conservando en la actualidad y que han sido claves para que este libro pudiera salir a la luz.
Una de las principales cosas que me llamó la atención de ella fue que desde el primer día de la relación me informó con todo lujo de detalles de su situación personal, de todo el horror que había sufrido durante años y de las secuelas que le habían podido quedar por ello. Sin duda, este conocimiento de su pasado fue clave para que, tras poner sobre la mesa el dato que desde niña tenía la afición de escribir un diario personal en forma de cartas, nos planteáramos la posibilidad de publicar aquellas que había escrito durante los últimos y más duros meses del maltrato al que se había visto sometida. Unas cartas íntimas y personales y que habían sido redactadas muchos días como vía de escape a la situación que estaba viviendo, e incluso en ocasiones, como improvisado recurso para no caer en la desesperación cuando todas las salidas parecían cerrarse ante ella.
Pensamos que sería interesante hacerlo a modo de terapia psicológica, pero también para que cualquier persona pudiese conocer con detalle el desarrollo y evolución de una situación de este tipo a través de la visión personal que tiene la víctima en esos momentos. Es evidente que la decisión última estaba en sus manos, pero tras meditarlo unos días, no solo se atrevió a que salieran a la luz, sino que además pensó que por mi afición a escribir, mi carácter analítico y el conocimiento que tengo de ella misma, de su vida y de su entorno, yo sería la persona más adecuada para dar forma al futuro proyecto. Me siento halagado por ello y este es el resultado.
Lo primero que hay que tener presente a la hora de hablar de un maltratador es que no todos son iguales. Según los profesionales de la psicología, existen dos tipos principales. Uno es el «cobra», un individuo frío y calculador cuya violencia nace de la necesidad que tiene de salirse siempre con la suya y de asegurarse de que su pareja sepa y asuma que él está siempre por encima de ella. Por las buenas o por las malas. Es por esto que sus agresiones suelen ser controladas y premeditadas. Este maltratador, una vez que la relación se rompe o ha sido denunciado, se vuelve en un primer momento extremadamente peligroso, porque esa ruptura la considera como un desafío a su liderazgo. Tiene una parte buena, y es que cuando ve que no le compensa seguir presionando a su pareja, suele retirarse sin más. Sin embargo, la parte mala es que acostumbra a irse tan solo para empezar de cero con una nueva víctima.
Por otro lado, está el maltratador tipo «pitbull». Es, en líneas generales, una persona tímida y encantadora para el entorno, pero que muestra su cara más monstruosa y violenta en la intimidad de una manera silenciosa. Considera que su pareja le pertenece por el simple hecho de quererle y, motivado por su baja autoestima, se convierte en un ser celoso, posesivo y que ejerce una vigilancia sin descanso hacia ella por el miedo que siente a que le abandone o le engañe. Esto hace que intente controlar su comportamiento desde el primer momento de la relación y vaya poco a poco rebajando su independencia hasta llegar a anularla por completo. Su característica principal es que es muy obsesivo, por lo que su violencia surge de manera impulsiva en medio de las discusiones, siempre va en aumento y, por norma general, no tiene techo. Se denomina «pitbull» porque su obsesión no desaparece aunque la relación se rompa o sea denunciado. Muy al contrario, sigue tratando de controlar y reconducir a su ya expareja hacia sus dominios y, en la medida en que no lo consigue, prefiere verla muerta antes que fuera de su control.
Como resumen, podría decirse que aunque la manera que tienen de actuar en la práctica es muy semejante, los dos llegan a este comportamiento por caminos opuestos: el «cobra», al sentirse superior al resto de mortales y el «pitbull», justo por todo lo contrario. El primero necesita demostrarlo cada día humillando a su pareja y el segundo necesita rebajar la autoestima de esta al sentirse vulnerable. Eso sí, tanto en uno como en otro caso, su violencia siempre va en aumento de una manera lenta pero progresiva hasta el punto de que la mayoría de las víctimas de malos tratos, mirando al pasado, son incapaces de acertar a delimitar con exactitud cuál ha sido la primera agresión física que recibieron. Dicho en otras palabras, un maltratador nunca agrede la primera vez a su pareja sin antes haber debilitado su confianza y autoestima —descontento en la relación, desconsideraciones, menosprecios— como paso previo a la violencia psicológica —insultos, amenazas—. Una vez que consigue que los insultos y amenazas sean asumidos por su víctima es cuando, aprovechando una fuerte discusión, pasa a las agresiones físicas de pequeño calibre —agarrones, empujones—, primero muy leves para ir aumentando de manera progresiva su intensidad. Cuando estas también se han hecho en cotidianas y son asumidas por su pareja, pasa a la siguiente fase, la de golpearla. Al principio, de forma esporádica y justificándose con mil excusas, para pronto convertirse en auténticas palizas.
Pues bien, si es cierto que todos los maltratadores se pueden englobar siempre con bastante claridad dentro de estos dos perfiles, Quique, el exmarido de Montse, es el más fiel ejemplo de un maltratador «pitbull». Tanto es así que hoy en día todavía albergo serias dudas de que su obsesión se haya desvanecido por completo y estoy convencido de que es muy real la posibilidad de que en cualquier momento pueda aparecer en su vida con las más siniestras intenciones.
Otra de las características de un «pitbull» es que, al sentirse inferiores, circunscriben su maltrato a su pareja, pero con el resto del mundo son inofensivos y hasta encantadores. Por ello, suelen encontrarse más a menudo con «cómplices tácitos» dentro del entorno de esta. Personas que sospechan o son conscientes de que se está produciendo ese maltrato, pero que actúan como si no existiera. Muchas veces no solo lo permiten sino que facilitan el juego del maltratador, que intenta con todas sus fuerzas que los allegados de la víctima lo consideren como la persona ideal para su pareja a base de realizar favores de todo tipo o dedicar halagos interesados.
Por eso, este libro no solo se refleja el maltrato directo sufrido por Montse a manos de quien era su marido en un principio, y exmarido después, sino también el ambiguo papel desarrollado por el entorno de ambos y que motivó que nadie le ayudase hasta el momento en que tomaron conciencia de que su muerte podía resultar inminente. Y todo pese a que era público y notorio su progresivo deterioro físico y moral e, incluso, las evidentes secuelas que presentaba por el propio maltrato. Un claro ejemplo de esto era la agorafobia —fobia a salir sola de casa—, quizá la más grave y de más difícil curación que existe, y que Montse la sufrió durante cinco de los siete años de relación sin que nadie a su alrededor se preocupase por ello.
Dentro de este libro, y para que la historia resulte ágil, he considerado oportuno incluir solo las 256 cartas correspondientes a los dos últimos años de maltrato, primero psicológico y después físico y sexual, por lo que antes de comenzar a desglosarlas resulta necesario explicar de manera breve las circunstancias y hechos acontecidos con anterioridad en la vida de Montse.
Nacida en Valencia en 1974 y siendo la quinta de seis hermanos, vive una infancia difícil en la que su carácter soñador contrasta con el tremendo realismo que se respira a su alrededor, que va desde la incomprensión generalizada hacia su carácter hasta la necesidad de trabajar desde los doce años para ayudar a la economía familiar, todo ello dentro del entorno de bajos fondos en el que vivía. De un modo paralelo, desde muy corta edad viaja a Foz para disfrutar los veranos con su familia materna, en donde entabla una gran amistad con Miriam, prima con edad más próxima a ella y a la que, pese a su peculiar carácter egocéntrico, siempre ha considerado como una auténtica hermana.
En 1992, coincidiendo con la mayoría de edad, Montse va a pasar el verano a Foz como es costumbre y, harta del ambiente que vive en Valencia e influida por la devoción que siente hacia su hermana, se queda a vivir en Galicia con el apoyo de esta. Tras anunciar la decisión a sus familias, las dos se instalan en Lugo y permanecen juntas durante seis años, en los que Montse trabaja por el día, estudia por las noches y comparte piso y vivencias con Miriam. Sin embargo, en la primavera de 1998 decide volver a Valencia por sorpresa, consciente de que su hermana la ha ido convirtiendo poco a poco en un simple apéndice suyo y sintiendo que le resulta imposible vivir con un mínimo de independencia y dignidad. Al enterarse, Miriam, agraviada, no vuelve a dirigirle la palabra en cinco años.
De nuevo en su ciudad natal, Montse se instala sola desde el primer día, trabaja, recupera viejas amistades y se relaciona de igual a igual con su familia. Pero, sobre todo, tras zafarse del dominio de Miriam, consigue recuperar la independencia y vitalidad que siempre la había caracterizado.
Al poco tiempo, también empieza a recibir las llamadas de Quique, amigo lejano de Galicia, seis años menor que ella y que había conocido meses atrás en Ribeira. Quique es una persona tímida y apocada, pero también cocainómano y muy desarraigado, que había logrado averiguar el teléfono de Montse por amigos comunes. Tras una primera llamada de cortesía, comienza a telefonearla cada vez con más frecuencia y le demuestra día a día una entrega e interés desmesurado, convirtiéndola en el centro de su vida aun residiendo a más de mil kilómetros. Después de varias llamadas, Montse decide darle una oportunidad pensando que, por el carácter entregado y hasta sumiso de Quique, puede convertirse en su pareja ideal, la que mejor se adapte a su carácter sensible y romántico, algo que hasta entonces nunca había conseguido. Eso sí, bajo ningún concepto está dispuesta a soportar los vicios de este.
La relación formal entre los dos se inicia cuando, tras una conversación en la que Quique le pide a Montse que lo acoja en Valencia, puesto que su vida corre grave peligro en Ribeira por una deuda impagada, esta le brinda la oportunidad de vivir con ella a cambio de que él se comprometa a desintoxicarse de la cocaína. Quique acepta la condición y así, en noviembre de 1999 y a punto de cumplir veinte años, desciende del tren en Valencia con una maleta semivacía en la mano y quince mil pesetas como único capital. A partir de ese instante, Montse apuesta fuerte por su recién estrenada relación y abandona su acomodada vida por una de esfuerzo y dedicación, convencida de que todo cambiará en cuanto Quique se recupere de su adicción. Por ello, salda las deudas de este en Ribeira, le ofrece alojamiento y comida, y pasa horas y horas con él a lo largo de los siete meses que dura su proceso de desintoxicación. Por su parte, Quique le ofrece todo su cariño y, sobre todo, le demuestra un carácter sensible y sumiso que enamora a Montse y sorprende a su entorno más próximo.
A principios del verano del año 2000, recién recuperado para la sociedad, Quique encuentra trabajo en Valencia. En ese momento, sigue siendo una persona sumisa y servicial aunque, de un modo paralelo, comienza a mostrar poco a poco un carácter cada vez más celoso. Quizá por ello, inicia una intensa labor de convencimiento tratando de conseguir que Montse se case con él y acepte tener un hijo en común.
Pese a que esta nunca había creído en el matrimonio, la pareja pasa por el altar en junio de 2001 y, poco después, en octubre, ya esperan su primer hijo. Nada más conocer la noticia, Quique la convence de que, por su estado, lo más conveniente es que su madre, Rosario, se desplace a Valencia para atenderla mientras dure el embarazo.
Por ello, en diciembre de 2001, llegan a Valencia la propia Rosario y Santi, uno de los hermanos de Quique que, sin nada interesante que hacer en Ribeira, se une al traslado. Los dos viven con los recién casados durante casi un año, hasta noviembre de 2002. A lo largo de ese tiempo, Montse no solo descubre los antecedentes penales de Santi sino que también se pone de manifiesto el acentuado alcoholismo de ambos, lo que dificulta la convivencia en gran medida. En realidad, la madre de Quique se dedica a menospreciar de manera constante a Montse y Santi se pasa los días cortejándola. Todo ello a espaldas de Quique, que muestra una total incredulidad siempre que Montse le informa de la situación y le expresa su creciente descontento. De hecho, es tal el desinterés de Quique, que esta no consigue que acepte sus quejas hasta que graba los acosos y menosprecios que sufre y le muestra la cinta. Pocos días después de esto, Santi y Rosario toman el camino de vuelta a Ribeira. En medio de esa tensa situación, en julio de 2002, nace su hija Yolanda, entre la inmensa alegría de Montse y el desencanto de Quique, que tenía el deseo de que fuese un niño y no una niña, y no duda en culpabilizar a Montse por «no haber sido capaz de darle un niño».
Con todo esto, la vida privilegiada e independiente que Montse había conseguido tener a su regreso a Valencia, se desmorona a pasos agigantados y, entre septiembre y noviembre de ese nefasto año de 2002, vencida por la presión psicológica soportada en los últimos meses, Montse empieza a sufrir los primeros episodios de agorafobia, aunque de forma leve y esporádica. Con la marcha de la madre y el hermano de Quique, estos brotes cesan y Montse intenta recobrar la normalidad y tranquilidad. Sin embargo, acaba por resultarle una misión imposible. Quique, a raíz de la «tremenda decepción» que le produce el haber descubierto el nefasto comportamiento de su familia con su pareja, cae en una profunda depresión. Por ello, durante los siguientes meses, ignora a Montse, no toca a su bebé y, en febrero de 2003, decide abandonar un trabajo muy bien remunerado debido a que, según sus propias palabras, «no podía dejar que Montse estuviera sola en casa». En medio de esta situación, también le manifiesta de una manera cada vez más insistente que no consigue adaptarse a la vida en Valencia, entre otras cosas, porque «no soporta la inseguridad de la ciudad, ni la altura de sus edificios».
Con estos argumentos, y utilizando como principal arma de presión el hecho de que su madre y hermano se hubiesen tenido que marchar por decisión de Montse, Quique la presiona para que acepte la opción de irse a vivir juntos a otro lugar de España, en donde ambos estén alejados de sus familias. Como quiera que Quique ya no tiene trabajo en este momento, ni tampoco está dispuesto a buscarlo, y que los primeros apuros económicos empiezan a hacer acto de presencia, Montse no ofrece mucha resistencia y deciden trasladarse a Siles, un pequeño pueblo de Jaén que nunca antes habían pisado.
Poco tiempo después, en marzo de 2003, llegan a su nuevo hogar con la ilusión de Montse por conseguir de una vez iniciar una feliz vida en pareja junto a su hija de nueve meses. Sin embargo, la depresión de Quique desaparece en el mismo momento que pisa Siles y, alejados de todo entorno familiar, no solo afianza sus celos sino que empieza a mostrar un comportamiento egocéntrico y despectivo hacia ella. Por ello, ya al poco tiempo de instalarse, Montse se siente sola, ignorada y menospreciada de manera habitual.
Todo lo contrario que Quique, que apoyado por sus nuevas amistades de Siles, decide abrir una ferretería a pesar de la oposición de Montse, que desde el primer momento intenta convencerlo para que abandone la idea convencida de que está abocada al fracaso. Pero Quique no cede en su empeño y, en mayo de 2003, tras solicitar varios créditos, la pareja abre al público la segunda ferretería en esa pequeña localidad. Si bien es cierto que los inicios de cualquier negocio siempre son duros, en este caso, son demoledores, y la aventura apenas dura cinco meses. Así, en octubre de 2003, dan por finalizada su aventura empresarial sin haber conseguido en ningún momento tener más de dos o tres clientes al día.
Unos días antes del cierre, Montse recibe la noticia del repentino fallecimiento de su madre en Valencia. A la postre, el gran apoyo que siempre tuvo en su vida. Más allá del duro golpe moral que le produce su muerte, también va perdiendo el contacto que mantenía con sus hermanos, por la distancia que los separa y porque, en realidad, la madre era quien ejercía de nexo de unión entre ellos. Un hecho trascendental en este momento es que, aprovechando el suceso, Miriam le envía una emotiva carta a Montse con la que consigue retomar el contacto con ella.
Tras el cierre de la ferretería, Quique solo tarda unos días en encontrar trabajo, pero la pareja está arruinada. Su economía apenas les alcanza para poder comer un poco de sopa al día y Quique termina por culpabilizarla de la miseria en la que se ven inmersos «por no haberle advertido con más fuerza de que ese negocio estaba predestinado al fracaso».
Es evidente que la vida de Montse sigue en caída libre y sus sueños de felicidad y complicidad en Siles se diluyen sin que pueda evitarlo. Esto provoca que vuelva a sufrir agorafobia, en esta ocasión ya de una manera severa, lo que empequeñece de un modo determinante su posición ante Quique. Con su forzoso aislamiento y sin el apoyo de su pareja, Montse pasa los días encerrada en casa con Yolanda, su única fuente de ilusión en este momento.
Miriam, por su parte, va consiguiendo recuperar su cariño y confianza, y ganando cada día que pasa más influencia en su vida. Tanto es así que a principios de 2005 ya presiona a Montse para que la pareja se traslade a Lugo y, aunque esta se muestre reticente al principio, acaba aceptando con la confianza de que Miriam haya abandonado con el paso de los años su carácter egocéntrico y posesivo. Decidida a irse, Montse se lo plantea a Quique que, harto también de la vida en Siles, acepta de inmediato.
La pareja llega a Lugo en junio de 2005. Miriam, sin limitaciones económicas en su vida, les espera con todo preparado para que el cambio sea lo menos traumático posible —piso, muebles, colegio para la niña—. No solo eso, a los pocos días, el azar hace que se encuentre con la posibilidad de influir de forma decisiva para que Quique consiga trabajo. Grave error el aceptar todos estos favores. La deuda moral que tendrán con Miriam a partir de ese momento será enorme y ella la usará como arma de presión el resto de sus vidas de un modo implacable. Sobre todo, contra Montse.
Si bien es cierto que, en los primeros meses en Lugo, la agorafobia de Montse experimenta una leve mejoría, por la ilusión que le produce la posibilidad de tener una vida mejor cerca de su familia gallega, esta pronto se ve aumentada al no cumplirse dichas expectativas. Además, ya ha perdido por completo el contacto con sus hermanos.
En realidad, desde la llegada de la pareja a Lugo, se inicia una lucha entre Miriam y Quique por la influencia sobre Montse. Si Quique controlaba su vida en Siles, en este momento ese control pasa a Miriam, mediante el cobro de su «enorme deuda moral» por ejercer de salvadora en la delicada situación económica y personal que estaban viviendo. De manera inmediata, empieza a desarrollar una intensa labor de presión sobre ella para que abandone a Quique, ofreciéndole su apoyo incondicional en caso de que decida dejar a «alguien que no le llega a la altura de los zapatos y no entiende cómo pudo fijarse en él». Quique, por su parte, desde finales del verano de ese 2005 empieza a darse cuenta de la negativa influencia que supone Miriam para sus intereses. Entre otras cosas, está viendo cómo Montse puede salir de casa con la compañía de Miriam y sin necesidad de contar con él. Como respuesta a todo ello, radicaliza su carácter celoso y posesivo y urde estrategias para conseguir que Montse no pueda salir de casa en compañía de Miriam y solo lo haga en la suya.
Así pasan los meses, en los que la lucha de poderes es permanente y Montse se acostumbra a vivir, o sobrevivir, dedicándose por entero a su hija. Pero en febrero de 2006, se desequilibra la balanza de manera casual. Quique se marcha a trabajar a Santander una semana y, en ese período de tiempo, Montse se da cuenta de que su vida es mucho más feliz sin él. Y lo que es más definitivo ante sus ojos, que en ese tiempo no le ha echado de menos lo más mínimo. A partir de entonces, comienza a plantearse en privado, y al margen de la influencia de Miriam, que quizá no lo quiera en su vida.
Poco más de un mes después de este momento, el 8 de abril de 2006, y ya con Montse casi convencida por completo de que quiere separarse de Quique, es cuando se fecha la primera carta de su diario que he considerado procedente incluir.
Antes de empezar a desglosarlas, y a modo descriptivo, he de decir que en origen cada carta está escrita sobre una hoja de libreta cuadriculada de tamaño folio. Y cada una de estas hojas, está firmada y cuenta con un encabezamiento en el que figura la fecha de su redacción, día, mes, año y, en muchas de ellas, también la hora. Para su transcripción en este libro, he añadido el día de la semana —que no figura en casi ninguna de las cartas originales— y, en aquellas que tampoco consta, la hora aproximada en la que se escribió. También he de reseñar que, debido al propio paso del tiempo, no todas se conservan en buen estado —muchas están arrugadas o amarillentas—  y en algunas se aprecian con claridad restos de lágrimas, sangre, etc. Además, para salvaguardar el anonimato y la seguridad de la protagonista, y por el respeto a las personas que aparecen a lo largo de sus cartas, he cambiado todos los nombres y lugares que aparecen en ellas. Comenzando por la propia Montse, nombre ficticio de la protagonista. Eso sí, siempre teniendo el máximo cuidado de que la historia en conjunto no se vea alterada en modo alguno por estos cambios.
Por último, me gustaría aclarar que he decidido transcribir el texto original de las cartas tal cual fue redactado en origen, a pesar de que el resultado pueda ser un libro algo más complicado de leer, no solo por la dureza de su contenido sino porque se escribe a través de textos que no han sido redactados para ser publicados. Pero es importante indicar que las únicas modificaciones que les he realizado son simples correcciones de erratas. Por el contrario, he querido conservar su redacción original porque creo que el lenguaje utilizado en ellas —vulgar y hasta desagradable en ocasiones— y las propias incorrecciones de los textos —enlazar frases con puntos suspensivos, signos de interrogación triples en más de una ocasión— aportan un plus incalculable sobre el estado de ánimo de la protagonista en cada momento y constituyen la mejor aproximación a los devastadores efectos que produce una situación de maltrato dentro de una pareja.
Por último, señalar que, a partir de este momento, todo el peso de la historia lo llevará su diario, interrumpiendo con mis explicaciones la cadencia de cartas lo menos posible y limitándome a aportar los datos necesarios que no se incluyen en ellas y a narrar de manera breve los períodos más o menos prolongados de tiempo en los que no se escribieron o no se conservaron esas cartas.


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