lunes, 27 de mayo de 2013

Muerte sin resurrección (1os capítulos): Cap. CUATRO


LUNES SANTO
Capítulo Cuatro

La noche anterior en el sexto piso del número noventa y ocho de la orensana avenida de Santiago había sido larga, especialmente larga. Seis horas ininterrumpidas delante del ordenador, cuatro redes sociales abiertas y varias conversaciones privadas de chat sostenidas a la vez, sin duda agotan a cualquiera. Pero él era un experto, lo había hecho muchas veces, y teniendo en cuenta que en su casa paterna de Lugo no contaba con Internet, pensó que debía desquitarse. Para eso se había quedado todo el fin de semana en Ourense, aunque sus clases en la universidad hubieran acabado hacía ya varios días. Además, si sus padres querían que estuviera más tiempo con ellos, que pusieran una conexión en casa, o que le compraran un Iphone. Eso ya se lo había dicho muchas veces y deberían tenerlo claro.
Desde la cama, miró el despertador. Las manecillas se estaban acercando peligrosamente a las once y debía apurarse. Tomaría el autobús de las doce con destino a Lugo, pero quería bajar con tiempo para pasar antes por el Factoría, una coqueta cafetería situada debajo de su piso y que le posibilitaba mantener su arraigada costumbre de tomar un café muy cargado cada mañana. A diario imprescindible para despejarse, y hoy también para despedirse de sus escasos amigos. Seguro que alguno estaría allí a esas horas.
Después de una rápida ducha, volvió a su habitación y empezó a vestirse, mirando al mismo tiempo al reloj y al ordenador. Todavía estaba lamentándose de no disponer de más tiempo para dejar una última despedida en la red, cuando sonó su móvil encima de la mesilla de noche anunciando una llamada. En todas las redes sociales, para todas su ciberamigas, él era Jackl, pero para su madre, tan solo era Javi:
—Hijo, ¿vendrás en el bus de las dos?
¿Pero cuántas veces tendría que repetírselo? Como si él faltase a su palabra alguna vez...
—Sí, mamá. Ya te lo dije ayer a la noche.
—Es para saber a qué hora tiene que ir a recogerte a la parada tu padre.
¡Los cojones! es para asegurarte de que voy sí o sí, pensó.
—Pues eso, que a las dos llego —contestó con cierto hastío.
—¿Ya has cogido todo? No te olvides de traer toda la ropa sucia.
Como si una bolsa de viaje no se pudiera hacer cinco minutos antes de salir...
—No te preocupes, ya tengo todo preparado.
—¿Y has metido los libros? Tienes que aprovechar estos días para estudiar.
Eso, que a los veinticinco años una persona no tiene nada mejor que hacer durante las vacaciones...
—Sí, mamá. Los tengo en el bolso —contestó sin poder evitar mirar la tremenda montaña de libros que habitaba encima de su mesa de estudio.
—Hijo, acaba de llamar una chica preguntando por ti.
—¿Una chica? ¿No te ha dicho cómo se llamaba?
—No, solo quería saber si estarías hoy en Lugo o en Ourense.
Seguro que no era más que la típica vendedora de móviles...
—Vale.
—Hijo, ¿tienes novia?
Novia: persona de sexo femenino, joven, guapa, de la que habitualmente te enamoras como un tonto y que, a cambio, te quiere, te cuida, te mima, y con la que de vez en cuando te das una alegría sexual... Pues no, lo más cerca que había estado de tener algo así fue hace dos años cuando una chica que ni lo mimaba, ni lo cuidaba, ni mucho menos lo quería, completamente borracha se prestó a mantener con él algo que inicialmente prometía ser una interesante relación sexual y que acabó siendo el fiasco más absoluto. Aún hoy recuerda que su hombría se sintió seriamente dañada aquel día.
—No, mamá —contestó Javi con desgana—. ¿Estás segura de que esa chica preguntaba por mí?
—Sí, sí. Me dijo tu nombre y tus apellidos, y sabía que vivías en Lugo y estudiabas Derecho en Ourense. Te conocía muy bien —concluyó convencida.
Vaya, pues quizás no sea una vendedora...
—No sé mamá, no tengo ni idea de quién puede ser.
—Bueno, abrígate, hijo, que aquí hace frío.
—Lo haré.
Cuando Javi colgó, ya solo pensaba en aquella misteriosa chica. Aunque en el fondo, no quería hacerse demasiadas ilusiones. Pensándolo bien, ¿qué clase de chica se podría fijar en él? Sí, en realidad, era todo menos agraciado, y él era muy consciente de ello. Algún día tendría que plantearse adelgazar unos kilos, cortarse el pelo y vestirse decentemente. Y ya puestos, también le harían falta algunos centímetros más de altura. Pero claro, para eso no había remedio. De todos modos, el mejorar su imagen y ponerse a estudiar en serio, era algo que había sopesado muchas veces. Aunque, de momento, no tenía prisa. A sus ciberamigas nunca les daba la posibilidad de verlo en persona, y el chico que aparecía en las fotos que había colgado estratégicamente en sus perfiles no era precisamente lo que se dice muy parecido a él.
El chico acabó de vestirse, metió alguna ropa sucia en su viejo bolso y se fue. Los voluminosos libros de Derecho seguían encima de la mesa.



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2 comentarios:

Alexandra Blanco dijo...

Enganchada con esta novela ;)… Esperando el próximo Cap

Roberto Martínez Guzmán dijo...

Gracias, el próximo lunes, el quinto. Saludos!!!