martes, 3 de enero de 2017

SIETE LIBROS PARA EVA: Capítulo 3



A media mañana, el sol calentaba con insistencia en Oseira y todo transcurría con total normalidad en el pequeño pueblo. Daba la sensación de que aquel año el verano se había adelantado en una zona de montaña donde lo habitual era que solo hiciese calor de verdad durante los meses de julio y agosto. Por ello, los habitantes más madrugadores aprovechaban la jornada para trabajar en sus fincas desde muy temprano, cuando la temperatura aún era baja, mientras que los demás, los que dedicaban el fin de semana solo a descansar, comenzaban a salir a la calle a esta hora. Algo más tarde, y de manera escalonada, irían llegando los visitantes que se acercaban al pueblo con el único propósito de conocer su monasterio. La presencia de turistas nunca había alterado la tranquila armonía de Oseira, y un coche patrulla, aparcado delante de la casa del alcalde, tampoco suponía un motivo de alarma en ese momento. Sobre todo, si no estaba acompañado de unas noticias que todavía nadie había difundido.
Tan solo unos metros carretera arriba, en el centro del pueblo y con la casa fuera de su radio de visión, Manuel y Sergio saboreaban la última ronda en la puerta del bar «Escudo». Lo que en un principio pretendía ser un breve café mientras Lina se arreglaba, acabó por convertirse en dos vermuts en Cea y otros tantos en Oseira, estos por iniciativa de un vecino de hábitos poco sobrios y amistad fácil con el que los dos hombres habían conectado con inusual facilidad ese sábado. Unos hábitos, los del hombre, que hacían que su compañía fuese intermitente, y que por cada tres tragos que daba a su vaso, solo uno lo tomase en compañía de ellos.
—Hoy vas a comer en una gran fiesta —resonó en la empedrada calle, proveniente de la entrada del bar.
Manuel, en la puerta, avanzó un paso hacia el improvisado pregonero, colocó una sonrisa forzada en su cara y lo abrazó por los hombros.
—No hace falta que se entere todo el pueblo —le susurró al oído en tono conciliador.
Sorprendido por la indicación, el hombre detuvo su abrupta oratoria y miró a Manuel. Tras un instante de duda, se zafó del abrazo con cierta dificultad y golpeó con fuerza la espalda del alcalde como signo de complicidad, o como simple vía de escape a una situación que le resultaba incómoda. Sin descuidar el vaso que tenía en la mano, dio media vuelta y entró de nuevo en el local en busca de una compañía más receptiva, mientras Manuel volvió al lugar donde se encontraba Sergio.
La verdad era que, a pesar de lo que pudiera parecer, Manuel siempre se encontraba a gusto entre sus vecinos y, desde que había sido elegido alcalde, mucho más. Él era un hombre excesivo en todos los sentidos. En el aspecto físico, por su altura y gran corpulencia, cercana a los ciento cincuenta kilos de peso; y en el mental, porque nadie que lo conociese podía tener alguna duda de que era capaz de hacer cualquier cosa con tal de conseguir lo que se proponía. Aunque nunca había sido una persona de gran cultura, con su determinación había logrado levantar una de las mayores empresas constructoras de la provincia de Ourense. Una empresa que había labrado su crecimiento no solo con la construcción de viviendas nuevas, sino también adquiriendo locales a precio de saldo que, tras rehabilitar, vendía a uno mucho mayor. Nadie sabía con exactitud de cuántos inmuebles era propietario Manuel en Cea y Ourense, pero cualquier vecino de la localidad podría enumerar una amplia lista si se lo propusiese. 
Sergio, por su parte, quizá buscaba en el alcohol la porción de seguridad que se había dejado la tarde anterior en Santiago. Lo que en un principio prometía ser una jornada especial, acabó por convertirse en una tarde noche mediocre. O incluso peor. Dos objetivos llevaba en la maleta cuando llegó a la ciudad: uno, aprobar una de las dos asignaturas que le faltaban para acabar la carrera de Psicología y otro, forzar un encuentro casual con Eva antes de tomar el camino de regreso a casa. En cuanto al primero, a esas horas su licenciatura seguía a la espera de los mismos dos aprobados que el día anterior y, respecto al segundo, el intento acabó por convertirse en una empresa imposible. Si por la tarde, en la Facultad, no había conseguido verla, por la noche tampoco corrió mejor suerte. En busca de una remota posibilidad, a las tres de la mañana había bebido diez copas, visitado unos treinta locales y paseado por otras tantas calles. También había montado guardia en más del doble de esquinas a la espera de que, siendo un día grande de la noche compostelana, las compañeras de piso hubiesen convencido a Eva para salir, pese a que casi nunca lo hacía. Fue a esa hora cuando vio a Ana y Rebeca en compañía de algunos amigos y supo que su búsqueda y sus esperanzas habían acabado. Si Eva no formaba parte de aquel grupo, por fuerza tenía que haberse quedado en casa. 
De lo que sucedió después, prefería no acordarse. No se sentía orgulloso, casi ningún hombre se sentiría orgulloso de ello, y él no dejaba de pertenecer a ese sexo. Cada vez que la idea asomaba a su cabeza, el chico se esforzaba por encerrarla a la fuerza en ese secreto rincón que todos tenemos reservado en nuestra cabeza para los recuerdos incómodos. Un escondite mental que, en su caso, comenzaba a ocupar demasiado espacio.
Hacía cinco años que Eva había roto la relación que habían mantenido hasta entonces y Sergio se negaba a aceptar aquella realidad. Le costaba asumir que una cosa había sido conquistarla cuando todavía era una adolescente y cualquier chico le resultaba interesante, y otra muy diferente conservar la pasión cuando los ojos de su amada se abrieron por completo a la realidad. Una realidad, además, que en ningún caso lo dejaba en buen lugar bajo el criterio de Eva. Pese a todo, Sergio todavía buscaba un punto, un momento, quizá una confluencia perfecta de circunstancias que volviera a unirlos. Y, a poder ser, de una manera definitiva. Pero el fuego de una relación nunca se apaga al mismo ritmo cuando dos personas ya caminan solas, y la idea de Sergio resultaba tan factible en Cea y en sus pensamientos, como imposible en Santiago y en los de Eva. 
Los dos hombres acabaron esa última ronda con tranquilidad y decidieron recorrer a pie los trescientos metros escasos que les separaban de la finca. A la boda irían en el de Manuel, más grande y cómodo, y dejaron el de Sergio aparcado frente al bar. Durante el trayecto de vuelta, nada les resultó extraño. Manuel estaba radiante porque aquella boda le permitiría ejercer el papel de alcalde recién elegido, uno de los siete con los que contaba su partido en la provincia. Sergio, por su parte, estaba incluso más callado de lo que en él era habitual y se limitaba a seguir la intranscendente conversación que dirigía su frustrado suegro. Sin embargo, cuando faltaban pocos metros para llegar a la finca y Manuel buscaba en el bolsillo la llave para abrir el portalón de entrada, Sergio se quedó atrás de manera intencionada. Recorrió con uno de sus dedos el arcaico muro del monasterio, miró un momento de reojo a su acompañante y preguntó por sorpresa, tratando de no imprimir una importancia especial a sus palabras: 
—¿Qué quería Miro el viernes? 
—¿En el Ayuntamiento? —contestó Manuel con aire rutinario—. Quería confirmar que íbamos a la boda. También me preguntó por ti.
—Os escuché hablar algo sobre una reunión y me dio la sensación de que estabais preocupados. Por eso te lo pregunto.
Sergio esperó la respuesta con disimulada expectación, pero desde su posición, solo apreció una pequeña mueca en la cara de Manuel mientras giraba la llave en la cerradura y empujaba el portalón.
—Siempre hay reuniones —murmuró tras entrar—. Eso no es cosa tuya. 
Cuando los dos hombres llegaron a la casa había pasado casi una hora desde la visita de los guardias. Lina se había cambiado el vestido de gala y esperaba en el salón, sentada junto a la puerta, al lado del teléfono y mirando su reloj sin parar. Antes de que ellos pudieran tomar conciencia de la situación, los recibió con un escueto sollozo:
—Eva ha desaparecido… —solo acertó a decir.
La frase, que pretendía ser una explicación detallada, acabó convirtiéndose en un corto anuncio. Eso sí, en un anuncio muy elocuente. 
Los dos hombres se quedaron paralizados en la puerta al oírlo. Sergio, en silencio, mientras Manuel, tras un breve instante de incredulidad, frunció el ceño como si el significado de aquellas palabras hubiese ejercido de espoleta a un incipiente cabreo.
—¿Cómo desaparecido? —dijo casi a gritos, mientras avanzaba hacia dentro—. ¿No le has dicho que tenía que estar aquí a las doce? 
Lina se pasó una mano por los ojos ante aquel arrebato y continuó su explicación inicial:
—No, no ha llegado. Acaba de venir la Guardia Civil, han encontrado su coche abandonado cerca de Santiago y nadie sabe nada de ella desde ayer por la tarde. Tiene el móvil apagado y no han querido decirme por qué, pero creo que se temen que le haya podido pasar algo grave. Tenemos que ir a Santiago a hablar con la Guardia Civil, porque lo están investigando.
—Pero, que le haya podido pasar ¿qué? ¿Has llamado a Ana y a Rebeca?
—Sí —contestó, elevando el tono de voz hasta el que había usado su marido, con intención de reafirmarse—. No está en casa y desde ayer por la tarde no la han vuelto a ver —dijo de un tirón.
Después, cogió aire y añadió casi con desesperación:
—¡Tenemos que irnos!
Manuel se quedó parado un segundo, como aturdido por el inusual tono de voz de Lina.
—¡Joder, esta chica siempre metiéndose en líos! —sentenció después.
Y añadió:
—¿Estás segura de que te dijeron que teníamos que ir allí?
—Sí, y cuanto antes.
En el centro del salón, Manuel oscureció su semblante de manera definitiva y se dirigió hacia la posición de Lina para descolgar el teléfono que tenía al lado. Esta se apartó ante su avance. El hombre marcó un número con decisión y esperó apenas un tono. Cuando desde el otro lado alguien saludó anunciando que había entablado comunicación con el cuartel de la Guardia Civil, Manuel dijo con voz seca y firme, como si estuviera iniciando un discurso:
—Soy Manuel Rodríguez, el alcalde. Creo que han estado en mi casa hace un momento.
La respuesta del guardia fue una corta y precisa explicación que se resumía en la necesidad de personarse en el cuartel de Santiago sin falta y a la mayor brevedad. Tan concisa que cualquier posible réplica estaría predestinada al fracaso. Así lo entendió Manuel, que tras colgar el teléfono con un forzado «de acuerdo», tomó camino de las escaleras. 
—Voy un momento arriba a avisar a Miro —dijo pensativo—. Después vamos para allá —añadió antes de salir del salón.
—Yo voy a llamar a Vicky, que aún no he hablado con ella.
—Sí, dile que venga.
Vicky era la hija mayor del matrimonio. Muy educada y comedida, desde pequeña siempre había sido la preferida de Manuel. A sus veintiséis años y recién casada con Roberto, residía en Bilbao desde entonces. La chica no tardó en contestar la llamada de su madre y, nada más escuchar la noticia, fue ella misma la que resolvió que debía trasladarse de inmediato hasta Oseira. Sin abandonar el teléfono, ojeó un periódico y, tras unos segundos, anunció que a las cinco de aquella misma tarde llegaría al aeropuerto de Santiago de Compostela para quedarse el tiempo que fuese necesario. Allí la recogerían sus padres.
Aún no había acabado la conversación Lina cuando Manuel salió de su dormitorio pensativo, con su teléfono móvil en la mano y concentrado en la breve charla que acababa de mantener. Miro era un hombre de gran diplomacia en las distancias cortas y su respuesta había sido tan breve como cordial. No había preguntado grandes detalles, ni pedido muchas explicaciones, tan solo se limitó a responder que no se preocupase y que esperaba que la localizaran pronto. También había añadido que trataría de excusar su ausencia ante los demás invitados con toda la discreción que estuviese a su alcance. Esto último fue lo que en realidad desconcertó a Manuel. Por más vueltas que le daba en su cabeza, no lograba interpretar el tono con el que el presidente de su partido había pronunciado aquellas palabras finales.
Sin dejar de pensar en ello, bajó al salón y esperó al lado de la puerta a que Lina acabase de despedirse. Una espera que, en algún momento, trató de hacer más breve apremiándola a poner un punto final precipitado a la conversación. Cuando esta colgó el teléfono, los dos salieron sin demora. Afuera esperaba Sergio, sentado en el porche de la casa. El chico se levantó en cuanto los vio aparecer. Ni Manuel ni Lina habían reparado en su ausencia dentro de la casa, ni en qué momento había abandonado el salón, como tampoco oyeron que había dicho que quería acompañarlos a Santiago. Daba igual, los dos lo conocían y, en el fondo, no les extrañó su comportamiento, ni tampoco su interés.