martes, 3 de enero de 2017

SIETE LIBROS PARA EVA: Capítulo 2


Sábado, 27 de junio de 1999 
Catorce días antes


Nada hay más minucioso en este mundo que una mujer madura acicalándose a solas para una cita especial. Y aquel día, Lina se encontraba sola, estaba dentro del baño de su habitación y en unas horas ejercería como invitada en un importante compromiso social. Tras dedicar largo tiempo a contemplar el traje comprado para la ocasión, al terminar de ponérselo no pudo evitar mirarse en el espejo durante un buen rato, casi como una adolescente. Primero, de frente; luego, de perfil; y, por último, se dio la vuelta sin llegar a apartar los ojos de su imagen. Incluso repasó con la palma de la mano derecha la curvatura de su trasero. Por primera vez en mucho tiempo se sentía atractiva y decidió que esa era una sensación que debía saborearse sin prisa. Era evidente que su cuerpo ya no causaba la misma envidia que en sus años de juventud, y que había ido ganando algunos kilos con el paso del tiempo, pero bien mirado, esto último motivaba que sus curvas fuesen mucho más evidentes y, sabiendo escoger el sujetador y el vestido adecuados, muy sugerentes a los ojos de cualquier hombre. Contemplándolas, se hizo un guiño hacia el espejo y pensó, satisfecha, que tres tardes recorriendo las tiendas más caras del centro de Ourense habían dado justo el fruto que deseaba.
Una vez acabado el examen corporal, se recogió el pelo y, abriendo el pequeño maletín situado encima de su tocador, tomó uno de los pinceles y un viejo bote de maquillaje para realzar un rostro en el que ya habían comenzado a aparecer las primeras arrugas. No es que resultaran muy evidentes, ni que empañasen la luz que siempre había desprendido su cara, pero ese día más que nunca deseaba disimular la inevitable huella que había dejado el discurrir de sus cuarenta y cuatro años de vida. Sobre todo, porque la mayor parte de ellos habían estado repletos de sinsabores, de falta de cariño y comprensión, incluso de sexo rutinario y poco deseado. Y aunque en los últimos meses se sentía mejor, a veces tenía la sensación de que ella misma se había ido acomodando a su monótona existencia. Monótona y, sobre todo, apagada, porque ni siquiera la reciente celebración de sus bodas de plata había conseguido ilusionarla. Y eso que pudo convencer a su marido para irse de viaje a Roma. Pero fue llegar allí y comprobar que la magia que se presuponía entre los dos había perdido el billete de avión, y que de esa segunda luna de miel, solo iba a sacar en positivo eso: el poder conocer Roma.
Sin apartar la vista del espejo, dejó escapar un suspiro, profundo y lastimoso, y al instante volvió a concentrarse en su tarea. Ese día era especial porque se casaba Alberto, el único sobrino de Miro, todopoderoso presidente desde hacía años de la Unión Democrática Ourensana, la UDO, el partido político por el cual su marido acababa de alcanzar la alcaldía de Cea hacía poco más de un mes. De San Cristovo de Cea, como se empeñaba en decir él siempre, como si eso le concediese más importancia a su cargo. Sin duda, aquella celebración estaría a la altura de lo que se esperaba, la ocasión perfecta para aparecer radiante en público.
En la intimidad de su dormitorio, por un momento, sintió que era algo que le apetecía. E incluso más, no solo le apetecía sentirse guapa, sino que necesitaba volver a sentirse deseada, porque echando la vista atrás, ni siquiera lograba recordar la última vez que había notado como un hombre la miraba con deseo. Eso que en sus años jóvenes le asqueaba, que le parecía un comportamiento reservado a borrachos, y que en la actualidad le aportaría un increíble soplo de aire fresco a su triste existencia. Demasiada soledad y demasiado tiempo encerrada en aquella casa, situada en una finca enorme, y casi sin ver nada ni a nadie más que a algún vecino del pueblo y el imponente monasterio que se erigía majestuoso al otro lado de la carretera. Cierto que de lunes a viernes Sonia, la asistenta, le hacía compañía por las mañanas, pero a pesar de ello, desde que sus dos hijas se habían ido de casa, cada día se sentía más sola y encerrada. Por mucho que allí fuese donde había nacido su marido, nunca debió aceptar el irse a vivir a aquella finca situada a la entrada de Oseira, un pequeño pueblo surgido cuando, en el siglo XII, unos monjes cistercienses decidieron construir su monasterio en medio de la montaña. Lina echó una mirada hacia el monumento a través de la pequeña ventana del cuarto de baño y pensó que para aquellos monjes podría ser una zona ideal, pero para ella, a menudo aquel lugar era lo más parecido a una cárcel.
Estaba dando el último retoque a sus pómulos cuando escuchó cómo se detenía un coche delante de la puerta de entrada a su finca. Pocos segundos después, el sonido del timbre resonó en la planta baja de la casa, rompiendo el íntimo silencio que reinaba en aquel momento. Sin prisa, posó la brocha de maquillaje sobre el tocador, descendió las empinadas escaleras y descolgó el telefonillo situado al lado de la puerta:
—¿Quién es?
—Guardia Civil. Abra, por favor —contestó una voz grave al otro lado.
—Espere, voy.
Ella colgó de nuevo, se quedó un instante con la mano apoyada en el aparato, pensativa, y dejó escapar un leve gesto de extrañeza. Una expresión de sorpresa que no cambió durante los casi cincuenta metros que la separaban de la entrada a la finca. Al otro lado del grueso portalón, un hombre de gran estatura, joven, y otro un poco más bajo y más mayor, ambos uniformados de manera impecable, esperaban con impaciencia:
—¿Manuel Rodríguez Vázquez? —preguntó el mayor, dando un paso al frente en cuanto se abrió la puerta.
—Sí, es mi marido. En este momento no está en casa, aunque no creo que tarde en volver.
—¿Es suyo un Peugeot 206 con esta matrícula? —insistió él, mientras le mostraba la primera hoja de un raído bloc de notas.
Ella leyó los números anotados.
—Bueno, sí —no dudó en contestar—. Pero…
El guardia la interrumpió con tono serio:
—¿Podemos pasar?
—Sí, claro.
Los dos hombres entraron al instante y se dirigieron hacia la casa sin dar más explicaciones. La mujer los siguió. Tan solo el otro guardia, el más alto y joven, rompió por un momento el espeso silencio que se estaba produciendo durante el trayecto:
—¿Usted se llama…?
—Adelina Dacal Iglesias —dijo—, aunque todo el mundo me llama Lina.
Dentro de la casa, fue el primer guardia el que volvió a tomar el mando de la conversación:
—Antes nos ha dicho que su marido no tardaría en llegar. Díganos, ¿ha salido hoy con ese coche?
—No, no, era lo que pretendía explicarle en la entrada. Mi marido ha salido a tomar un café con Sergio, el chico que es teniente de alcalde. Supongo que habrán ido a algún pueblo de aquí cerca, porque ni siquiera ha llevado el móvil —explicó ella, tratando de dar el mayor número de detalles—. Pero la que usa ese coche es mi hija Eva, está estudiando en Santiago. ¿Por qué lo pregunta, le han puesto alguna multa?
Los guardias se miraron entre sí.
—No.
Tras la seca respuesta, el hombre dio un paso lateral y se colocó justo enfrente de Lina.
—Dígame, ¿ha hablado hoy con su hija? 
—No.
—¿Cuándo habló con ella por última vez? —insistió.
En ese momento, el rostro de Lina palideció, desafiando incluso al reciente maquillaje que se había colocado con tanto esmero. Durante unos segundos, cruzaron su cabeza mil ideas, ninguna buena, y empezó a intuir que algo malo podía haber pasado para que le hiciesen aquellas preguntas. 
Al final, tras unos segundos, solo fue capaz de responder de manera temerosa:
—El miércoles. No, el jueves. Pero ha quedado en venir ahora.
El guardia volteó la primera hoja de su bloc y le enseñó la siguiente, con un número de teléfono anotado:
—¿Este teléfono le resulta familiar?
Lina volvió a mirar aquel cuaderno, esta vez con mucho más detenimiento, y a continuación negó con la cabeza.
—Fíjese bien, por favor. ¿Está segura de que no sabe de quién es?
—No, no lo sé, no creo que sea de alguien que conozca.
—¿Puede darnos el de su hija?
Ella desgranó de cabeza los números uno a uno, mientras el guardia apuntaba en la tercera hoja.
—Por favor, ¿le ha pasado algo malo a mi hija? —por fin se atrevió a preguntar ella con voz temblorosa.
—Eso aún no lo sabemos —apuntó el guardia más joven, pero sin intención de entrar en más detalles.
Delante de Lina, el mayor se puso más serio aún de lo que había estado hasta ese momento. Acabó de escribir, arrancó aquella hoja y se la pasó a su compañero. Este se marchó con el pequeño papel en una mano y el interfono en la otra en dirección al patio. Lina lo siguió con la mirada. A su lado, el primer guardia requirió su atención:
—Señora, hemos venido porque nos han llamado los compañeros de Santiago de Compostela para informarnos de que esta mañana se había encontrado este coche en un camino cerca de Vedra. Al parecer, estaba en una cuneta y abierto —dudó un momento—, como si alguien lo hubiese abandonado por la noche. Quizá no sea nada, pero queremos asegurarnos —explicó—. ¿Sabe usted cómo pudo ir a parar allí?
—No.
—¿Tiene usted alguna idea de dónde puede estar su hija?
—No.
Durante unos instantes, el desconcierto de Lina hizo un forzado y silencioso paréntesis en la conversación. La mujer se encaminó hacia el centro del salón, en silencio, con el guardia siguiendo sus pasos. Pensó que había estado tan concentrada en arreglarse que no reparó en el hecho de que su hija ya debería haber llegado hacía tiempo.
El guardia seguía hablando a su espalda:
—Señora, ¿puede localizar a su hija de algún modo? Llamar a alguien que sepa algo de ella, por ejemplo.
Lina se volvió hacia él, como si hubiera retomado el hilo de la realidad de golpe.
—Sí, espere —dijo—. Voy a buscar los números de teléfono.
Subió a su habitación a buen paso y, al poco rato, bajó con una agenda en la mano. Eva compartía piso en Santiago con dos compañeras, por lógica, ellas deberían saber algo. Se sentó en la silla más cercana al teléfono, tomó aire intentando tranquilizarse y abrió el cuaderno más o menos por la mitad:
—A ver —murmuró—, Ana o Rebeca. Rebeca, aquí está.
Sin perder tiempo, marcó los nueve dígitos y esperó, pero nadie respondió al otro lado. Volvió a ojear la agenda:
—Ana. Es su otra compañera de piso —aclaró en alto.
Marcó con toda la rapidez que pudo, más que la primera vez, y alzó la vista hacia el guardia. Este esperaba de pie a su lado, semejando una estatua, mientras en el silencio de la habitación se oía el sonido de tres largos tonos. Antes de iniciar el cuarto, alguien descolgó.
—¿Ana? Soy Lina. ¿Sabes algo de Eva? ¿Está ahí contigo?
—¿Eh? No, no sé. Espera. —La chica parecía intentar desperezarse mientras hablaba—. Voy a mirar en su habitación.
De fondo, se escucharon unos pasos alejándose y cómo se abría una puerta. Al poco, se oyeron otra vez los mismos pasos. Esta vez de regreso:
—¿Oye? No, no está en su habitación —respondió la chica por el teléfono—. ¿La has llamado a su móvil?
La noche anterior habían pasado muchas cosas y no todas eran confesables a una madre que, en teoría, solo llama enfadada porque deben asistir a un compromiso familiar y su hija se está retrasando. Pero la esquiva respuesta de Ana fue cortada por Lina, cuyo tono de voz subía a cada palabra:
—¡Ana! Está aquí la Guardia Civil y dicen que han encontrado su coche abandonado en una cuneta. ¿Sabes dónde está ella?
—No.
—¡Ana! Tenemos que encontrarla. ¿La has visto hoy?
—¡Ostras! —exclamó la chica—. Ahora recuerdo que nos había dicho que iba a irse pronto para casa, pero si no ha llegado ahí… —razonó al final.
Al otro lado del teléfono, Lina ya gritaba sin disimulo:
—¡No, no ha llegado! También he llamado a Rebeca, pero no me ha respondido. ¿Qué está pasando ahí?
—No sé —se excusó—. Rebeca está aquí, pero está durmiendo y siempre duerme con el móvil apagado. Ayer por la noche era un día grande, uno de los últimos del curso, y salimos las dos. Eva no, nunca sale, y nos dijo que pensaba quedarse en casa. Yo ahora también estaba durmiendo, no sé nada —explicó temerosa—. Voy a llamar a alguna gente a ver si me dicen algo, ¿vale? 
—¿Pero estás segura de que Eva no salió?
—No lo sé, ella dijo que no salía, pero no lo sé. Por favor, dame un minuto y te llamo.
Lina sabía que la chica volvería a llamar. En el fondo, Ana siempre le había parecido muy formal, la más cabal de las tres. Desde luego, mucho más sensata que Rebeca e, incluso, más que su propia hija. Además, era una chica que caía bien. Eso le hizo albergar la esperanza de que, con alguna de aquellas pesquisas, pudiese localizar a Eva.
Nada más colgar, el guardia quiso saber la dirección de Ana, que apuntó justo después del primer teléfono. Cuando apenas diez minutos más tarde volvió a sonar el aparato, fue él mismo quien respondió:
—¿Ana? ¿Es usted Ana?
—Sí.
—Soy Eduardo Salgado, sargento de la Guardia Civil de Cea. Dígame, ¿qué ha averiguado usted?
—Pues, nada —dijo la chica tras un inicial segundo de sorpresa—. A ver, he hablado con mi compañera Rebeca y ella tampoco la ha visto. También he llamado a toda la gente que podría decirme algo sobre Eva, pero nadie sabe nada de ella desde ayer por la tarde.
En este momento, la chica se paró un segundo, como si quisiera pensar las palabras que iba a pronunciar. Pese a ello, el hombre esperó en silencio a que la chica continuara.
—Cuando Rebeca y yo nos fuimos, ella se quedó en casa. Eran sobre las ocho de la tarde y nos dijo otra vez que no salía. Después, cuando volvimos, tenía la puerta de la habitación cerrada y pensamos que estaría durmiendo. 
—Bien, escúcheme con atención —respondió el sargento con autoridad—. No se mueva usted de ahí y dígale a su compañera que tampoco lo haga. En unos minutos irán los agentes encargados del caso para hablar con ustedes. Van a necesitar hacerles algunas preguntas.
—¿Los encargados del caso? —preguntó Ana, entre sorprendida y asustada.
—Sí, ya les explicarán ellos —remató.
El hombre colgó el teléfono sin dar opción a que la chica pudiese seguir preguntando, aunque quizá, ya no estaba en condiciones de hacerlo.
En ese momento, su compañero volvió a entrar en la casa y se acercó a él.
—El móvil da señal de apagado —dijo—. Ya lo he comunicado a Santiago, pero no saben nada más.
—Sí, también sabemos dónde vive. No te preocupes, aquí hemos acabado.
Luego, el guardia se volvió hacia Lina, que continuaba sentada al lado del teléfono sin saber muy bien qué hacer.
—Señora, ¿tiene alguna manera de ponerse en contacto con su marido? —dijo elevando la voz para llamar la atención de la mujer.
—No. Se lo he dicho antes, ha dejado su móvil en la habitación y no sé cómo avisarlo. 
—¿No tiene otra manera? —insistió el hombre.
Las preguntas habían despertado a la mujer de su desconcierto, pero su nerviosismo iba en aumento.
—No lo sé —repitió—. Salió con Sergio en el coche de este, para no sacar el suyo de la finca. Sé que fueron a tomar un café, pero no sé a dónde. Puede que a Cea, o a algún bar que haya por el camino, yo qué sé. 
—¿Sabe el teléfono del chico?
—No —dijo, moviendo la cabeza al mismo tiempo—. Yo nunca lo llamo.
—¿Puede estar en la agenda del móvil de su marido?
—Sí, seguro, pero tiene contraseña.
El hombre se tomó un segundo para pensar.
—Señora, ¿sabe la matrícula del coche en el que se fueron? —preguntó después.
—No —balbuceó a duras penas—. Es un Audi blanco, pero no sé la matrícula. Solo sé que es muy nuevo, porque lo compró en navidades.
Aquel dato pareció bastar al guardia para iniciar una búsqueda.
—Bien —dijo—, no se preocupe, nosotros vamos a ir en dirección a Cea y buscaremos ese coche por el camino. Si él llega antes, dígale que tienen que desplazarse a Santiago sin perder tiempo.
Aquello tranquilizó en cierta medida a Lina. Quizá por eso, cuando los dos hombres se encaminaban hacia la puerta, los interrumpió a su espalda:
—Por favor, ¿saben algo más que no me hayan dicho? —preguntó temerosa.
Esto detuvo a los guardias. El primero bajó la mirada un segundo, guardó silencio otro, y luego, por un momento, suavizó el tono serio que había mantenido desde su llegada.
—Señora, quizá no debería decirle esto a usted, pero hay algo en este caso que no me gusta —confesó, escogiendo las palabras de forma evidente antes de hablar—. Y le aseguro que llevo muchos años en el cuerpo.
La mujer no se atrevió a preguntar más. 
Cuando los hombres abandonaban la estancia, en el reloj del monasterio sonaban las once, campanada a campanada. Tal vez como un aviso, o como una premonición. Tras el golpetazo de la puerta de salida, Lina apoyó su cabeza contra la pared y se dispuso a esperar. Manuel y Sergio no podían tardar.