martes, 3 de enero de 2017

SIETE LIBROS PARA EVA: Capítulo 1


Gustei, un día de Julio de 1999
3:00 de la madrugada


Eran cuatro, todos alrededor de una pequeña mesa y con diez cartas en la mano. Un pequeño grupo de amigos sentados en la estrecha terraza exterior de la Parrillada Samán sin más pretensión que pasar un rato agradable apostando un café, dos copas de licor y un refresco. A aquella hora, hacía rato que los clientes menos habituales habían acabado de cenar y no era raro que Carlos, el dueño, se prestara a bajar las luces y alargar la noche en el momento del cierre cuando las únicas personas que quedaban dentro del local eran viejos amigos y fieles compañeros de subastado. Para los cuatro de igual manera, esas partidas suponían un momento de especial tranquilidad al final del día, jugadas sin mirar el reloj y cuando el suave rocío de la noche se convertía en el bien más preciado en días de calor.
A la escasa luz de los focos exteriores, el dueño había repartido las cartas, todos expuesto sus subastas y Pablo, el más joven, fue el encargado de abrir el juego, dado que nadie había igualado la suya. Pablo vestía ropa de marca, tenía el pelo rizado y eso, unido a algunas poses estudiadas, le confería un cierto aire de galán. Una impresión que, por otro lado, se desvanecía en cuanto empezaba a hablar. Se había sentado de espaldas al aparcamiento y, desde esa posición, colocó una carta en la mesa con decisión. Sindo, su compañero de la derecha, dejó caer la suya encima con cierta desgana, inclinándose con lentitud hacia adelante. Este era un hombre alto, de ojos claros, mirada distante y una leve curvatura en su espalda. Con cada palabra que salía de su boca parecía querer demostrar al mundo que algunas personas pueden sentirse por encima del bien y el mal tan solo con desearlo. Una actitud que también se reflejaba en su manera de jugar, dado que nunca hacía esperar a sus compañeros.
El tercer turno fue para Toni, apenas dos años mayor que Pablo y que se había sentado de espaldas al local. Él era el único que divisaba el aparcamiento, la carretera y también la gasolinera que estaba situada casi enfrente de la parrillada. Una amplia vista en donde buscaba la inspiración para su juego. De pelo largo y poco arreglado, acostumbraba a reclinar el respaldo de la silla hacia atrás durante la partida, y esa acción se veía favorecida por la cercanía de la pared.
Toni había estado concentrado en sus cartas mientras sus dos anteriores compañeros jugaban. Cuando le llegó el turno a él, echó una ojeada a las que estaban en la mesa y perdió la mirada en la lejanía, como si la oscuridad de la noche le indicara por señas cuál era la mejor opción a elegir. Por lo general, lo hacía durante un par de segundos. Aquel día, sin razón aparente, se tomó algunos más.
—¿Juegas? —se oyó desde su izquierda.
El chico miró a su lado, eligió una de las cartas que tenía en la mano y la soltó encima de las otras. Carlos tenía la suya preparada. La puso sobre la última y recogió las cuatro apilándolas a su lado.
—No sé por qué piensas tanto —dijo en dirección a Toni—. Estaba claro que este as lo tenía yo.
Carlos estaba ese día contento. Las casi cincuenta plazas del aparcamiento se habían cubierto en su totalidad y eso suponía que la caja se había llenado más de lo normal. Hacía rato que no dejaba de sonreír y, con esa expresión en la cara, puso una nueva carta boca arriba para abrir la segunda mano.
Pablo la miró de reojo, de inmediato eligió una de entre las suyas, la lanzó casi sin moverse y volvió a centrarse en las que le quedaban. Sindo dejó caer otra, ya preparada, y cedió el turno a Toni que, de nuevo con la mirada perdida, pareció no enterarse.
Tras unos breves segundos de pausa y silencio, sus tres compañeros se fijaron en el chico al unísono. Este estaba concentrado en la penumbra de la gasolinera, pero no buscando la inspiración habitual, más bien daba la impresión de que pretendía transportarse hasta ella sin tocar el suelo.
—¡Toni! ¿Estamos al juego? —bramó de nuevo Sindo.
—Sí.
En un segundo, el chico echó la vista a las cartas ya jugadas, luego a las que tenía en la mano, y dejó una con rapidez, aunque sin seguir el ceremonial que acostumbraba.
Carlos no dio importancia al hecho. Amontonó las cuatro que había en la mesa junto a las anteriores y eligió otra para iniciar una mano nueva. Fue entonces cuando Toni interrumpió la partida de manera brusca:
—¿Qué es aquello? —preguntó señalando hacia el frente.
Sus tres compañeros miraron hacia la carretera alertados por el tono del chico.
—Allí —puntualizó él.
En ese momento, los cuatro se fijaron a la vez en la gasolinera, apenas iluminada por la pequeña farola del alumbrado público. Ante sus ojos y en la distancia, una sombra de aspecto humano se desplazaba con torpeza desde la pequeña tienda de atrás hacia los surtidores del centro.
Carlos se levantó en su asiento, Sindo se dio la vuelta con cierta desgana y Pablo dejó caer sus cartas en la mesa boca arriba.
—Parece un hombre —apuntó este.
—¿Qué hace allí?
—¿Es un borracho o está herido?
Todos dudaron un instante.
—¿Vamos?
Los cuatro dejaron sus sillas y se dirigieron hacia aquel hallazgo cada vez a mayor velocidad. El aparcamiento lo cruzaron andando; la carretera, corriendo.
Mientras se acercaban, la figura se apoyó en uno de los surtidores y se escurrió hasta el suelo. Desde allí, alcanzó gateando el siguiente y, usando este como si de una pared se tratara, se levantó de nuevo para dirigirse a duras penas hacia la carretera, como si quisiera ir al encuentro de los hombres.
Carlos encabezaba el grupo.
—Es una chica —dijo en cuanto la escasa luz le permitió verla—. ¡Joder, está herida!
—¿Eso es sangre? —preguntó Pablo, que se había quedado petrificado unos metros más atrás.
—Sí —apuntó Sindo, cerrando el grupo.
Este adelantó a Pablo, echó una breve mirada a la chica y enseguida decidió su función:
—Voy a avisar a una ambulancia, y a la Guardia Civil.
Carlos, con Toni al lado, había agarrado a la chica por los hombros para evitar que se desplomara.
—¿Qué te ha pasado? —le preguntó.
La joven no pronunció una palabra. Tosió varias veces y se limitó a mirarlo mientras se agarraba el cuello con evidente dificultad para respirar. Su chándal, que parecía haber sido blanco en mejores tiempos, estaba teñido de un rojo que resaltaba incluso en la oscuridad del lugar.
Carlos la estiró con cuidado, se sentó en el suelo y colocó su muslo como improvisada almohada. La joven recostó la cabeza y cerró los ojos. Él le dio dos palmadas en la cara, suaves, sin imprimir más fuerza que la que consideraba del todo imprescindible para mantenerla consciente:
—No te duermas —dijo.
La chica abrió los ojos y volvió a toser.
—Intenta no dormirte ahora, ¿vale? —repitió él en un tono más paternal.
Después, le retiró con cuidado el pelo de la cara. Un pelo que se adivinaba rojo en condiciones normales, pero que en esos momentos, por efecto de la sangre, había adquirido un tono negruzco.
—Mira, ¿no es la chica que sale en la tele? —preguntó hacia Toni.
El chico, que hasta entonces había permanecido como espectador de la situación, se agachó a su lado.
—Se parece —dijo, con cierta sorpresa—. Sí, puede ser ella.
A su espalda, Sindo se esforzaba por hacerse entender al teléfono, también por transmitir una urgencia que no percibía que hubiera captado su interlocutor:
—No lo sé, está cubierta de sangre —decía, sin medir el volumen de su voz—. La cabeza, el pecho, parece que va vestida de rojo, pero creo que el chándal es blanco. Ha perdido mucha sangre, dense prisa. Sí, claro que he avisado a la Guardia Civil.
Al otro lado del teléfono, la demanda de más datos parecía no cesar.
—Pues no lo sé, debe de tener un golpe en la cabeza, o un corte profundo. Ella está más o menos consciente, pero no habla. No sabemos qué le ha pasado.
Los otros tres hombres lo escuchaban sin intención de contradecirlo.
En ese momento, el reflejo de la sirena de un coche patrulla iluminó el oscuro lugar de azul.
—Acaba de llegar la Guardia Civil —despidió Sindo una conversación a la que ya no sabía qué más podía aportar—. Me imagino que ellos se harán cargo de la situación.
Toni había ido al encuentro de los recién llegados.
—Está malherida. Creemos que puede ser la chica que ha salido estos días en la tele.
Fuera del vehículo, los dos guardias se miraron entre sí, con evidente extrañeza.
—¿Quién? ¿Eva? —preguntó uno de ellos.
—Sí, esa.
Los agentes volvieron a mirarse. El primero dedicó un gesto de incredulidad al chico y se alejó unos pasos mientras abría línea en su interfono.
—De todos modos, si está herida, voy a pedir refuerzos —dijo—. Habrá que investigarlo.
A su espalda, el otro se acercó hacia donde estaba la chica. Nada más llegar a su altura, dijo para sí:
—No puede ser.
Al instante, se agachó al lado de Carlos y acercó su cara hacia ella, con la intención de verla mejor:
—Es imposible —balbuceó.
En esa posición, la observó en silencio durante un pequeño instante, pero que a todos pareció enorme.
—¿Cómo te llamas? —preguntó al fin.
La joven contestó mirando de reojo al recién llegado. No podía hacer más, pero las miradas no pronuncian nombres.
El guardia apoyó las rodillas en el suelo y pasó su mano por la mejilla de la chica, dos veces, buscando con ello una mejor identificación, como si la sangre seca se pudiese limpiar con el simple roce de la piel humana. Después, casi petrificado, volvió a tomarse un par de segundos para contemplarla.
—Cielo santo —murmuró para sí—. Es increíble, estás viva.
Su rostro hablaba de una manera mucho más explícita que su voz y parecía llevar un cartel que decía: «Estoy viendo a un fantasma».
Volvió a pasar la mano por la cara de la chica una tercera vez.
—¿Te llamas Eva?­ —preguntó.
Ella asintió con la cabeza con dificultad y volvió a toser hacia el muslo de Carlos.
Entonces, el guardia reaccionó y se levantó sobre sus rodillas buscando en la penumbra de la noche la figura de su compañero.
—Sí, es ella —gritó con fuerza—. ¡Y está viva!
El otro guardia se estremeció en su posición, antes de imprimir un mayor énfasis a la comunicación que estaba teniendo. El primero volvió a gritar, casi con desesperación:
—¡Que se den prisa, y pide refuerzos!
Al acabar, se sentó sobre sus talones y se concentró en la chica, con una mano apoyada sobre los hombros de esta, como si tratase de constatar que aquel cuerpo cubierto de sangre seguía respirando.
—Dios mío, ¿dónde has estado, de dónde has salido? —preguntó casi con el mismo tono con el que se le pregunta a un enfermo en coma en la soledad de un hospital, sin esperar una respuesta.
Sindo se acercó a él.
—Cuando llegaron ustedes estaba pidiendo una ambulancia. A esta hora de la noche y desde Ourense, no creo que tarde en llegar.
—Quince minutos —puntualizó el guardia entre dientes.
La chica seguía tosiendo a cada instante.
—Te pondrás bien, aguanta un poco. Solo un poco.
Con el interfono recién apagado todavía en la mano, el primer guardia se acercó hacia ellos y requirió a Sindo para hablar con él.
—¿Fue usted quien nos ha avisado?
­—Sí, llamé yo, pero estábamos los cuatro juntos.
—¿Cómo la han encontrado?
—Estábamos allí, jugando una partida —repitió señalando hacia la terraza—. Vimos que se movía algo en esta zona, nos resultó extraño y nos acercamos a mirar. Al llegar, la encontramos.
—¿Y no vieron algún coche que se fuese minutos antes, o que hubiese llegado poco antes?
—No, no vimos a nadie. Ya le digo que estábamos jugando una partida. —Sindo alzó los hombros a modo de excusa—. En realidad, tampoco nos fijamos demasiado hasta que la vimos.
Pero en este momento, un rayo de luz pareció iluminarse en su cabeza y se volvió hacia los demás.
—Toni, ¿tú has visto algo? Parar a algún coche, o así.
El chico negó con la cabeza, balanceando su pelo de un lado a otro en la acción.
En el suelo, Eva alzó las cejas de un impulso, incluso levantó la cabeza unos centímetros sobre el muslo de Carlos, esforzándose en intentar hablar o tal vez para señalar algo, pero acabó por no conseguir ninguna de las dos cosas. Una reacción a la que el guardia que estaba agachado no le dio importancia.
—No te preocupes, pequeña, cogeremos a quien te haya hecho esto —dijo en un tono paternal, a la vez que cogía de la mano a la chica.
Sin soltarla, echó una mirada en círculo e hizo un gesto de contrariedad.
—Pues está claro que alguien tuvo que dejarla aquí, ella no pudo llegar sola en este estado —razonó, más para sí que para ser oído.
Después alzó la voz, en un tono que no dejaba lugar a dudas de que aquello era una orden:
—No toquen nada y pisen lo menos posible. En cuanto llegue la ambulancia, cerraremos el perímetro y buscaremos algún rastro, o alguna huella. Algo tiene que haber.
En aquellos momentos, al reflejo azul que iluminaba la noche de manera intermitente, pronto se unió otro de color naranja, y poco después varios más de los azules. Una combinación de colores que anunciaba sin lugar a dudas que allí había sucedido algo grave.
Apenas media hora más tarde y cuando un camión de bomberos pasaba en dirección a Cea estremeciendo a los presentes con su estridente sonido, una ambulancia partía del lugar a toda velocidad en dirección contraria, rumbo a Ourense. Quizá contagiado por el sonido del camión, el conductor accionó su sirena, pese a estar la carretera despejada por completo. La Guardia Civil que la acompañaba hizo lo mismo. Con dos motorizados delante para abrir paso y un coche patrulla custodiándola detrás, la comitiva semejaba una gran burbuja de luz y sonido dispuesta a atravesar la ciudad en el menor tiempo posible, sin permitir que nada ni nadie se interpusiese en su camino.
Dentro del vehículo, todo el mundo buscaba con afán una herida por la que pudiese estar sangrando la chica, otorgando una relevancia secundaria a cualquier otra lesión que pudiera sufrir. 
Afuera, la investigación había comenzado.