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miércoles, 26 de febrero de 2014

CAPERUCITA MALÚ (cuento incluido en "El día que Blancanieves cogió su guitarra")


Versión libre del cuento
“Caperucita roja”
 de Charles Perrault


Este cuento hace referencia a los inicios como cantante de Malú, una de las mejores voces de España. O, al menos, una de las que más seguidores tiene. Pero cuando comenzó en esto de la música, siendo sobrina de quién es (Paco de Lucía), no tuvo problemas no solo para firmar con una gran discográfica (Sony) sino que incluso provocó que tanto Alejandro Sanz como Miguel Bosé se disputaran más o menos privadamente su apadrinamiento musical. No sabemos si por subir enteros en su discográfica, por simple peloteo a su tío o por la belleza de la chica, que también es posible. Al final, he de decir que fue Sanz el que se llevó el gato al agua, al menos, musicalmente hablando. Del resto, si algo hubo, nada se supo.


Dice este cuento que había una vez, en un lugar no muy lejano, una niña muy guapa llamada Malú, que se pasaba todo el día cantando. Como todavía era una niña muy pequeña, su madre le había hecho una capa roja muy graciosa para que no pasara frío al salir de casa. Era tan graciosa, que muchas veces Malú dejaba de cantar para mirarse al espejo a escondidas, y se veía tan guapa y estaba tan orgullosa de su capa, que casi no la apeaba. La llevaba tan a menudo que todo el mundo en el pueblo acabó por llamarle "Caperucita Malú".

Pero un día su madre, viendo que cada día que pasaba le gustaba más cantar, le pidió que le llevara unos ricos pasteles a la abuelita Sanz, que vivía en el otro extremo del bosque Sony. Tenía la confianza de que, agradecida por el regalo, decidiera escribir para Malú alguna canción. La abuelita Sanz era una vieja solitaria que, recluida en su casa solía agudizar su imaginación para componer grandes canciones, de tal manera que en el bosque era conocida por el éxito que cosechaba siempre cada una de sus composiciones.

Eso sí, antes de salir Caperucita Malú, su madre le recomendó que por nada del mundo se parara en el camino, pues aunque este bosque era muy bonito, también era muy peligroso, puesto que en él habitaba un lobo muy fiero y, siendo como era una niña pequeña y desvalida, podría ser fácilmente atacada por él.

Una vez oídas todas las advertencias de su madre y muy ilusionada, cogió la cesta con los pasteles y se puso en camino a la casa de la abuelita Sanz. Caperucita Malú tenía que atravesar todo el bosque, desde un extremo al otro, pero a pesar de todo lo que le había dicho su madre no le daba miedo porque sabía que allí también se encontraría con muy buenos amigos: los pájaros, las ardillas, las mariposas... pero además, como ya había llegado la primavera, el bosque lucía especialmente bonito, el camino estaba rodeado de flores de embriagadora fragancia y los árboles ya habían acabado de renovar sus hojas y elevaban sus ramas como si quisieran tocar el cielo con ellas.

Iba Caperucita Malú disfrutando de todo esto cuando, de repente, vio al enorme y fiero lobo Bosé parado delante de ella, y mirándola fijamente:

—¿A dónde vas, niña? —le preguntó el lobo con su ronca voz.

—A casa de mi abuelita —apenas pudo balbucear Caperucita Malú, sintiendo como el miedo la paralizaba.

No está lejos su casa, pensó el lobo. Luego, la miró fijamente durante un segundo y, sin mediar más palabra, se dio media vuelta y se marchó por donde había venido.

En cuanto se repuso un poco del susto, Caperucita Malú reemprendió la marcha y como quiera que, pese a no entender su reacción, estaba segura de que el lobo se había marchado, incluso decidió coger algunas de las preciosas flores que la rodeaban porque sabía que la abuela Sanz se pondría todavía más contenta si, además de los pasteles, también le llevaba un bonito ramo de flores.

—El lobo se ha ido —se dijo—, ahora ya no tengo nada que temer.

Pero lo que no imaginaba Caperucita Malú es que mientras ella recogía aquellas bonitas flores, el lobo Bosé se había ido a casa de la abuelita Sanz. Cuando llegó, llamó muy suavemente a la puerta y la anciana, abstraída en la nueva canción que estaba componiendo en esos momentos, le abrió sin imaginarse quién era.

El lobo Bosé no perdió tiempo ni en cerrar la puerta. Primero, devoró a la abuelita Sanz de un bocado y, acto seguido, se puso la ropa de la desdichada anciana, se metió en su cama y cerró los ojos haciéndose el dormido, con la seguridad de que su próxima víctima no tardaría mucho en llegar.

Ciertamente en pocos minutos llegó Caperucita Malú toda contenta y cargada con los pasteles de su mamá, y con las hermosas flores que había estado recogiendo. La niña, viendo la puerta abierta, entró y buscó a la abuelita por toda la casa. Cuando la vio en la cama, se acercó pero enseguida notó que su abuela estaba muy cambiada.

—Abuelita, abuelita... ¡qué ojos más grandes tienes! —le dijo Caperucita Malú extrañada.

—Son para verte mejor —respondió el lobo Bosé tratando de imitar la voz de la abuela con bastante poco éxito.

La niña no quedó muy convencida con la respuesta y continuó preguntando:

—Abuelita, abuelita… ¡pero qué orejas más grandes tienes!

—Son para oírte mejor —dijo ahora el lobo.

Pero Caperucita Malú, como cada vez estaba menos convencida, siguió insistiendo:

—Ummmm… abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!

—Son para… para… ¡para comerte mejooooooor!

Y diciendo esto, el malvado lobo Bosé se abalanzó sobre nuestra pequeña e indefensa niña y también la devoró de un solo bocado, como ya antes había hecho con la anciana.

Mientras esto sucedía, un leñador que había visto llegar al lobo a casa de la abuelita Sanz, y sospechando de las malas intenciones del lobo se había quedado por allí, decidió que era hora de entrar a ver si todo iba bien en la casa.

Se encontró con que la puerta estaba abierta, y una vez que llegó a la habitación, descubrió al fiero lobo Bosé tumbado en la cama y profundísima dormido de tan harto que estaba. Haciendo el menor ruido posible, Pacodelucía, que así se llamaba el astuto leñador, sacó un enorme y afiladísimo cuchillo y rajó el vientre del lobo de un tajazo tan fino que el Lobo Bosé ni siquiera se despertó.

La abuelita Sanz y Caperucita Malú, al instante, salieron de dentro de la barriga del lobo, ¡vivas!, porque era tanta la glotonería del Lobo Bosé que ni siquiera se había parado a masticarlas... ¡¡¡se las había tragado enteras!!!

Para castigar al malvado lobo, y una vez que Caperucita y la abuelita se pusieron a salvo, el cazador le llenó el vientre de piedras y lo volvió a cerrar con mucho, mucho cuidado. Cuando el lobo despertó de su pesado sueño, sintió sed y se dirigió a un estanque próximo para beber. Pero como las piedras pesaban mucho, al inclinarse para beber, cayó en el estanque de cabeza y se ahogó.

En cuanto a Caperucita y a su abuelita, en el fondo, no sufrieron más que un gran susto, pero la niña había aprendido la lección. Prometió solemnemente no fiarse nunca de ningún desconocido que se encontrara en su camino. De ahora en adelante, siempre seguiría las juiciosas recomendaciones que su mamá y de la abuelita Sanz, que en agradecimiento por el riesgo que había corrido para llevarle comida y en honor a la lección que ese día había aprendido Caperucita le escribió una canción muy significativa... "Aprendiz", con la que pronto Caperucita Malú comenzó a ser conocida como cantante.


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martes, 18 de febrero de 2014

EL ÁGUILA PITBULL Y LA ZORRA USHER (cuento incluido en "El día que Blancanieves cogió su guitarra")



Versión libre de la fábula
“El águila de ala cortada y la zorra”
 de Esopo


Dice este cuento que cierto día, en un país muy lejano, un pequeño granjero loco y borracho llamado Joncito capturó, después de mucho esfuerzo, a la imperial águila Pitbull. Siendo consciente desde el primer momento de la fuerza y el poder que tenía aquel animal, y sabiendo que se iría de su lado en cuanto pudiera, decidió cortarle las alas antes de soltarla en su corral junto con todas sus gallinas. Apenada, el águila Pitbull, quien antaño fuera poderosa, ahora bajaba la cabeza y pasaba sus días casi sin comer, sintiéndose como un rey destronado y encarcelado.
Pero un día pasó por allí otro granjero, con los bolsillos llenos y el oportunismo por bandera, que la vio, se apiadó de ella y decidió comprarla. En cuanto la tuvo en su poder, Kike Catedrales, que así se llamaba este hombre, le arrancó las plumas cortadas sabiendo que pronto le crecerían otras nuevas y podría volar libre; sin importarle que, llegado el momento, se marchase de su lado.
Y así fue. Un día, el águila Pitbull, ya repuesta, alzó el vuelo sin esfuerzo. Agradecida, no tardó en apresar su primera liebre, con la intención de llevársela a su salvador como pago por haberle devuelto su poder.
Pero por el camino sobrevoló a la zorra Usher, que temerosa de que a partir de ese momento tuviera que conformarse con las peores liebres, maliciosamente la intentaba mal aconsejar:
—Pitbull, Pitbull —le gritaba desde el suelo—, no le lleves la liebre a quien te liberó sino al que te capturó, pues el que te dio la libertad ya es bueno sin necesidad de premiarlo. Mejor procura ganarte al otro, porque puede ser que te atrape de nuevo y te deje definitivamente sin alas.

Quizás por eso Pitbull, después de cantar casi en exclusiva y con bastante poca repercusión junto a Lil'Jon (el rey del crunk, estilo minoritario así definido al contraer las palabras inglesas crazy y drunk, loco y borracho, para describir la forma en que se baila), decidió alejarse de este para emprender su carrera en solitario y también trabajar con otros artistas. Así, su primera colaboración relevante a nivel mundial fue en la canción "I like it", de Enrique Iglesias. Pero una vez alcanzada cierta fama, y después de trabajar también con Usher, retorna por sorpresa con Lil'Jon (Pequeño Juan, como él le llama) para grabar juntos "Watagatapitusberry", con muy escaso éxito.
Eso sí, una vez que se olvidó de todos ellos, se convirtió de inmediato en uno de los gurús de la música actual.


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